ME LA PUSIERON FOME POR DELANTE

 

Me la pusieron fome y dura sobre el pupitre
con cruces ahogada bajo una capa de barniz amarillento
En la mesa había un orificio hacia el noreste
por donde huía, enflautada, la paciencia
llevándose a rastra a aquellas reinas
de cabello seco y boca dolorida, ensoledada.

Me la entraron en pesadillas
dirigiendo corros de huérfanas
en las afueras de las cámaras de gases.
Con sentimiento de culpa me la escribieron
y nos la premiaron de puro avergonzados.
¡Ay Lucila, por que te engabrielaste!
¿Por qué, en Chile, son tan pocos
los qué se quieren como los nacen?

Me la impusieron profesora y no poeta, ovalada
en estampitas, con su Pentateuco y sus tacones
hundiéndose de a poco en lodos meridionales.
¡Cuán áspera y fea me la leyeron!
Nunca pudo viajar conmigo su equipaje.
Capitán de ríos turbios, buceador de oscuros
lagos, vagabundo en Mehuín o Carelmapu
nunca ví su rostro en la espuma de los mares,
ni sus sonetos en la arena de la tarde.

Me la ensonetaron de obituario y no la soltaron
potranca golondrina bajo la lluvia de alas rumorosas.