El hombre de Leipzig

 

El padre del padre de mi padre
traía todo el mar en sus mejillas.
Trajo un cormorán en la mirada
y una flauta dulce en los bolsillos.
No trajo papeles, ni osamentas.
Le quitaron su historia
en las aduanas y venía de lejos.
Al llegar, sólo la niebla,
pañal de maíz para envolver los viejos barcos de madera:
la "Steinward", el "Hermann",
el bergantín "Susanne" y el "Alfred".
Todos buscando el paraíso.
Para todos, desengaño y selva.
(El daguerrotipo muestra a unas familias apiñadas
y sin saber a qué atenerse.
Allí dormitan en el suelo el hacedor de calamorros
y la mujer del peluquero. También un niño con paperas).
¡Oh viejos barcos de madera! ¡Oh germánicos famélicos!
Les prometieron la tierra, pero la tierra tenía dueños falsos.
Falsas estacas de papel y no auténticos rewes milenarios.
El padre del padre de mi padre hubo de hablar en otra lengua,
gotear de nuevo el semen de la aurora.
A fundar cosas es que vino el hombre de tan lejos.
Corral, después de un siglo,
pronuncio tu nombre en la mañana.
Estoy de pie sobre una lancha
arrojando trozos de carne podrida a las gaviotas.
Por aquí entró en América el perseguido,
uno que no fue rico ni famoso, sino bello.
Porque bello es todo cuanto sigue siendo,
a pesar de la muerte, el deterioro y el olvido.
El hombre de Leipzig, el carpintero,
me trajo a tierra en el lápiz de su oreja,
de donde he bajado para organizar el mundo con palabras.